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Había una vez...
un universitario, dicen que allá por la era analógica, que al terminar sus estudios decidió prestar un poco de atención a la fotografía, era un tema que le llevaba rondando la cabeza un tiempo. Una nueva etapa en su vida comenzaba y decidió comprarse una cámara fotográfica con la que registrar todo ese tiempo libre que ahora tenía. El presupuesto no le dio para mucho más que una compacta de 35mm, esa fue su primera cámara, aunque con el tiempo le siguieron varias compactas digitales y por fin, tras muchos años, llegó el turno de la refléx.
Poco a poco nuestro amigo, llamémosle David, empezó a disparar a todo lo que podía. Hizo algún curso, leía todo lo que caía en sus manos, asistía a charlas fotográficas, participaba en redes sociales de fotografía donde compartía lo que iba haciendo a la vez que aprendía de lo que veía a otros fotógrafos, e incluso ganó algún concurso fotográfico. Le encantaba asistir siempre que podía a exposiciones, y como consecuencia de esto, comenzó a interesarse con más ahínco por el mundo del arte. Aprendió que la cámara además de servir para registrar fielmente la realidad, también era útil para conseguir imágenes con puntos de vista diferentes o simplemente atractivas por su luz, forma, color, textura... y como medio de expresión, para hacer imágenes con vida, sin más pretensiones que el despertar en el espectador alguna sensación o sentimiento. Cada vez intentaba con más intención que cada fotografía que mostraba no pasara desapercibida.
El final de este cuento está por venir, he oído que el tal David sigue fotografiando, leyendo, asistiendo a exposiciones, cursos y hace todo lo que puede relacionado con la fotografía, incluso dicen que tiene una página web en la que enseña su trabajo, porque al fin y al cabo, la finalidad de lo que hace es mostrarlo y compartirlo con los demás.
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