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Que un río como el Oiardo –un humilde tributario del Altube, que a su vez lo es del Nervión–, con un caudal de sólo 340 litros por segundo, haya excavado en la roca caliza del altiplano alavés un barranco de 105 metros de profundidad, en el que se precipita formando una de las mayores cascadas de la Península, es un hecho que escapa a la comprensión del común de los mortales. De ahí que, para explicar lo inexplicable, los primeros habitantes de la zona urdieran una leyenda protagonizada por una lamia, que viene a ser lo mismo que una ninfa –una de esas hadas tontivanas que moran en los parajes acuáticos–, sólo que vasca, fea y con pies de pato.

Que la semana os depare gratas sorpresas.

A mi compañero rutero.

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