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Manuel Vilches Benítez

EL DESPERTAR A LOS SUEÑOS

Cuando era niño, a la edad de 7 u 8 años adquirí la habilidad de desaparecer por periodos cada vez más largos, comenzaron a ser de dos horas hasta llegar a seis.
Esas desapariciones no tenían nada que ver ni con el tiempo, ni con la situación geográfica como le sucede al Guadiana y menos aun con mi salud mental.
Aunque ahora que lo recuerdo mi madre me decía a menudo que yo la cabeza no la tenía muy bien.
A lo que íbamos, la culpa de mis desapariciones era de un señor que pasaba por mi calle con un montón de papeles y un enorme cartel anunciando la película de la semana.
Para mi era como si pasase el flautista de Hamelín y yo fuese un pequeño ratón sin voluntad propia.
Sin embargo, mi madre jamás llego a sentir el desasosiego que pude sentir una madre ante la desaparición repentina de su hijo. Ella sabia perfectamente donde encontrarme. Cuando sucedía, ella miraba el reloj, hacia un gesto con su cabeza que llegaba a cimbrear hasta la cintura, se sacaba las babuchas azules y la bata rosa, se calzaba y antes de salir se miraba en un espejo justo frente a la puerta y se mesaba los cabellos con dos dedos a modo de cepillo y peinado de urgencia.
Se encaminaba con paso firme hacia el puente del Monterroso, justo al otro lado se encontraba mi caverna, un lugar alejado del mundo, sumido en una oscuridad casi mágica y en su interior, arriba en la ultima fila del gallinero, justo debajo del ventanuco pequeño y cuadrado, del que, de forma misteriosa un rayo cegador de luz sirvia para proyectar sobre la enorme pantalla a todos y cada unos de los personajes y lugares a los cuales soñaba con ir algún día.
Desde aquel pequeño rincón del mundo, de mi mundo, viaje por los desiertos junto a Lawrence de Arabia, volé en globo sobre las pirámides de Egipto y llegue a cruzar el misterioso Siq hasta llegar a descubrir la puerta del tesoro, la entrada de la misteriosa ciudad de Petra.
Entre imágenes llenas de color y resguardada por la oscuridad aparecía una mano un brazo y la cara de mi madre, que cogiéndome de un brazo, me levantaba de la butaca y me alejaba de aquel lugar mientras yo giraba el cuello como un contorsionista intentando grabar en mi retina las ultimas imágenes.
Es cierto que nunca utilizó la brusquedad ni los malos modos en esa situación, en el fondo era como si me comprendiese, como si fuese participe y cómplice de mi necesidad de soñar, de volar.
Años más tarde, el soñador y el viajero que había en mi interior explosiono con todas sus fuerzas y el mundo comenzó a formar parte de mi, era como estar siempre en casa.
Descendí por los estrechos y oscuros pasillos de la gran pirámide, hasta llegar a la primera cámara mortuoria del faraón Keops, atravesé el Siq hasta los muros de Petra, recorrí desiertos, pise los mismos lugares que Lawrence y recorrí las tierras donde el incienso perfumo a medio mundo civilizado.
Mi cámara fotográfica era un elemento más del equipaje, la fotografía era un fin, un intermediario en el tiempo y el recuerdo, el nexo de unión con esos lugares, la fotografía servia de caverna en las tardes de los sábados para reflejar sobre las paredes desnudas de casa los lugares en los cuales había estado, una forma de soportar la dureza del tiempo hasta volver a ponerme en camino hacia otros lugares.
No se como ocurrió, pero un día en mis fotos dejaron de aparecer las pirámides, y los paisajes, para dar paso a los rostros, rostros con nombres, rostros de gente con las que había compartido mi tiempo y mis sueños y cada vez que volvía lo hacia cargado de vivencias, sonrisas, llantos y sobre todo menos solo.
Me estaba convirtiendo en un inquilino de este planeta, y mi nueva familia se encontraba repartida por él.
Un día sentado en mi salón comencé a reflexionar sobre mi vida, como había cambiado a través de los viajes y como me había enriquecido con las miles de historias vividas en compañía de personas ajenas a mi mundo, a mi cultura y sobre todo a mi forma de ver y entender la vida. Fue todo un descubrimiento el entender que aquellas gentes me habían transformado en un ser mejor, en un hombre distinto, con diferentes valores, de alguna forma, vivir con ellos me había enriquecido y había nacido en mi interior algo maravilloso, una especie de paz que guiaba mis pasos con serenidad ante las pequeñas dificultades de nuestro mundo.
Todo ese bien que ahora sentía, me había sido regalado sin ninguna clase de interés y de alguna forma debería de devolverles todo ese bien recibido.
Aquella misma tarde junto a mi compañera y mi hijo nació lo que hoy conocemos como DUBABU, y la fotografía dejo de ser un fin para convertirse en un medio, el medio por el cual devolverles todo el agradecimiento que sentía por haber hecho posible que un día, en un lugar del mundo, yo volviese a encontrar a ese niño que tenia la extraña habilidad de desaparecer.

Desde entonces no dejo de perseguir sueños……….

Manuel Vilches “ Marlo”

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